FRANCISCO BENDEZÚ

A Mercedes.

 

Yo soy el granizo

que entra aullando

por tu pecho desquiciado.

Soy tu boca.

Yo atesoré a ras del sueño,

debajo de las horas,

el latido de tus pasos por el polvo de Santiago,

y tu densa fragancia de magnolia,

y tu lenta cabellera

con perfil de éxtasis o algas,

y el ardor fulmíneo de tus ojos, que de noche,

como naves sobre el mar,

la bruma iluminaban.

Como guijarros de playa,

o nostálgicos boletos entre cintas y violetas olvidados,

enterré en mi corazón la línea de tu frente,

la piedra gastada de tus codos, tus sílabas nocturnas,

el fulgor de tus uñas, tus sonrisas,

la loca luz de tus sienes.

¿No sientes trasminar mi dolor a través de tu cuchara?

Mi memoria quedó tal vez en ti

como las ediciones vespertinas

en las bancas de los parques desahuciadas.

Tu sombra es mi tintero.

Juventud.

¡Juventud mía!

¿Qué tumbos socavaron

la torre más alta de mi vida?

¡No habrá nunca

hilo más puro

que tu larga mirada

desde lo alto de las escaleras,

ni lampo de cometa comparable

a la curva nevada de tus dientes!

Cantaba la mañana

en las pálidas cortinas y la hierba.

El tiempo cintilaba en tus vidrieras

como sólo una vez el tiempo parpadea.

Ya no estás entre las flores. Ni volverás

jamás a estarlo. ¿Qué tu amor sino labios

que escrituras en el viento fueron?

¡Yo quiero que me digan

si el amor, como los pájaros,

se va a morir al cielo!

Me acuerdo de una noche de trenzas y peldaños,

y óxido, y collares,

me acuerdo, como ayer, de lo futuro.

¡Quiero acuñar, como el otoño,

medallas en las calles,

o beberme llorando tu ausencia en los teléfonos,

o correr, correr a ciegas por

los tejados de todas las ciudades

hasta perderme para siempre o encontrarte!

¡Otra vuelta estar contigo!

¡Oh día de verano

extraviado en alta mar

como una mariposa!

Contra el flujo incoercible de los años

los días, uno a uno,

absurdamente buscan tu lámpara en las sombras,

no la penumbra, no el espejo de la muerte,

sino el cristal de la esperanza:

tu ventana que sólo está en la Tierra.

¡Aspersiones de ceniza para tu boca cerrada!

Otra vez tengo veinte años, y sonámbulo, y en llanto

a la puerta de tu casa estoy llamando,

al pie de tu reja, como antaño,

bajo la lluvia sin telón ni máscaras ni agua.

¡Oh zumbantes calendarios

que en vano el cierzo,

como a encinas,

deshojara!

¡No me digas que te quise! Te quiero.

Te debía este lamento, y aunque un grito

mi sangre apenas sea,

también te lo debía; un solo interminable

de un corazón en las tinieblas.

  

SÚPLICA

¡Oh, sal de los espejos,

reverdece en las sábanas de lino,

atraviesa los tabiques y los muros,

aparécete de pronto en las más ciegas estancias

o el balcón más desolado!

Me faltas en las bancas,

en el plexo, en la penumbra.

Por ti la noche arrolla el horizonte en los cipreses

y devanan las alondras la madeja del olvido.

Te he perdido. Ni bebiéndome

todo el cielo podré recuperarte

ni habrá talismán ni filtro ni hierba calcinada

que vuelva a hacer rayar el oro salvaje de tus hombros

contra el azul exhausto de las puertas de antaño.

¡Oh, desmantela la distancia,

detén las nubes, fulmina las semanas,

paraliza las mandíbulas del jaguar desmesurado!

¡Ven! ¡Oh, ven!

Como el oro entre el limo de los ríos,

como el vino en las naranjas de la aurora,

como el bálsamo del sol en los pámpanos de enero.

 (A Mercedes de este gran poeta existe esa descripción de un viejo amor con el añoro de la juventud, y el desamor “Yo soy el granizo, que entra aullando por tu pecho desquiciado”; esa prosa bien cuidada que va hilando el día a día de una relación. ”Tu sombra es mi tintero. Juventud. ¡Juventud mía!”. 

Escucha:  ”Concierto para una sola

~ por liliana31 en Junio 2, 2008.

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